jueves, 17 de marzo de 2016

Estambul 2014


ESTAMBUL

Llegamos a Estambul procedentes de Dar Es Salaam (Tanzania), después de nuestro safari en Kenia y Tanzania y unos días de descanso en Zanzíbar.

El cambio iba a ser impresionante. Ahora sería una ciudad de 16 millones de habitantes la que nos esperaba y la que estábamos ansiosos por descubrir.

Realmente impactante salir de su gran aeropuerto internacional y toparse con una megaciudad moderna y desarrollada, en la que en esa precisa semana se celebraba el Ramadam, lo que significaba que al anochecer sus calles estarían más repletas de gente que habitualmente.

En nuestro camino del aeropuerto al hotel íbamos realmente fascinados por la modernidad y el orden de sus avenidas, por lo menos en este recorrido. Después ya comenzamos a entrar por un laberinto de callejuelas hasta llegar a nuestro destino que se encontraba muy cerca de Santa Sofía.

El canto de la oración nos sorprendía, a veces, en nuestra habitación. Más bien parecía que se celebraba dentro de ella por la excesiva proximidad de algunas de sus mezquitas y la falta de costumbre de ser asaltados por semejante acontecimiento.

Llegamos por la mañana temprano y ese mismo día Miriam llegaba por la tarde, así que fuimos a tomar una primera toma de contacto con nuestro entorno más próximo e intentar comer en algún lugar cercano.
 






La diversidad en la vestimenta de las gentes de esta ciudad es infinita ya que, a pesar de ser un país musulmán, es moderno y europeizado y eso se nota en sus calles.
Comimos en un lugar cercano al hotel y como no habíamos dormido nos echamos una siestecita para reponer fuerzas y esperar que Miriam llegara.

Sobre las 5 de la tarde ya estaba con nosotros, impresionada también de su primer vistazo de la ciudad en su ruta desde el aeropuerto.




Nos acicalamos y allá fuimos a pasear por la ciudad con ansias de conocerla y tengo que decir que para nosotros  fue todo un agradable descubrimiento. Todavía tengo en las retinas la primera vista de Santa Sofía y la Mezquita Azul frente a ésta, la palabra es “espectacular” dos grandes construcciones que realmente vale la pena contemplar. 


La gente empezaba a salir al atardecer, ya que al ser verano el calor es bastante agobiante por el día, y si a esto sumas el Ramadam, podías comprobar que la noche creaba un ambiente irresistible en la ciudad, lleno de acontecimientos, feria de artesanía,  espectáculos típicos y gente cenando y paseando por todas partes. Todo nos resultaba especial. 



Cenamos en un sitio llamado “Amedas” donde degustamos un típico Kebak que estaba buenísimo y la atención fue inmejorable en todos los sentidos, después nos contagiamos de todo cuanto nos rodeaba hasta que al fin decidimos irnos a descansar de un día realmente emocionante.


 




Al día siguiente madrugamos para no tener que hacer cola en nuestra visita al Palacio Topkapi, y así fue, llegamos en el momento justo en que aun se podían comprar las entradas sin demasiada gente.







Empleamos gran parte de la mañana en visitar este majestuoso palacio, situado en una parte inmejorable de la ciudad, donde las vistas son excelentes.
Después recorrimos barrios y callejuelas, alguna que otra mezquita de las muchas  que existen en la ciudad y como no, nos homenajeamos también con otro buen almuerzo. Hay que decir que en Estambul la comida es bastante buena.


Siempre hacíamos un breve paréntesis para descansar un poco de tanta caminata y tanto calor,  para volver a retomar después nuestras andanzas por la ciudad y recorrer de noche otras zonas, con fuerzas renovadas.

En esta semana que disfrutamos de Estambul, como no, entramos en su mezquita azul, hermosa y grandiosa, como así igualmente impresionante Santa Sofía, o la mezquita de Suleymaniye, mezquita nueva y otras muchas que visitamos y de las que ya no recuerdo el complicado nombre.

Evidentemente no todo fueron mezquitas, que a pesar de ser maravillosas construcciones, uno necesita alternar con otro tipo de actividades, como fue por ejemplo visitar el Gran Bazar, El Bazar de las Especias, el Palacio Dolmabahçe o la Torre Gálata, a la que subimos tras  un largo paseo desde la plaza de Taksim y desde donde las vistas del Bosforo y de la ciudad valían la pena.
 
Visitamos también la cisterna. Sumergida bajo el centro de Estambul. Lugar excepcional  e increíble donde los haya.
































Caminar por los Bazares, con su atmósfera del pasado, te transporta en el tiempo como si estuvieses sumergido en una película antigua. 





El Palacio Dolmabahçe, otro palacio impresionante, donde los haya y que en la actualidad se sigue usando para recepciones y actos oficiales.






Nuestra afición preferida al atardecer era tomar uno de los muchos barcos de paseo que recorrían la bahía y que te daba una visión espectacular de ambos lados de Estambul, tanto del europeo como del asiático y además la contemplación de la puesta de sol tras la ciudad es algo digno de contemplar e indescriptible.


Desde el barco se podían observar en la lejanía, tanto la inmensidad de mezquitas, palacios y demás monumentos, como los restaurantes ubicados en las azoteas, cosa bastante típica. También la animación de sus calles, el puente Gálata con sus pescadores y los innumerables restaurantes situados debajo.

Una ciudad de un bullicio y colorido atrayente para cualquiera que la visite.



Otro momento agradable de nuestros paseos fue la subida a la torre Gálata, desde la que se divisaba una vista espectacular del Bósforo





Y como no, al lado de la mezquita de Suleymaniye se encontraban los populares baños turcos, cosa que no nos podíamos perder de esta ciudad y que fue toda una experiencia diferente y relajante. Nada mejor para ayudar al cuerpo a soportar el calor de aquellos días.












En las noches, a parte de callejear un poco más relajados y cenar en alguna terracita con vistas, entrabamos en alguna de sus teterías, y degustábamos el delicioso té turco, o fumábamos la típica shisha, acompañados por la característica música turca.
















Momentos y sensaciones realmente irrepetibles en un marco excepcional.

Hay que decir que así como la comida en Estambul es buena, los dulces son buenísimos, y eso que yo no soy especialmente golosa, pero las pastelerías son realmente dignas de mencionar.

El último día cogimos el metro y decidimos ir a la otra parte de la ciudad y subir en el teleférico al famoso café de Pierre Loti, es un lugar singular en las colinas del barrio de Eyüp en Estambul,  desde allí se pueden contemplar unas impresionantes vistas del Cuerno de Oro, Bósforo y parte de la ciudad. Es un lugar que todo el que vaya a Estambul no se puede perder.


Hasta este curioso Café, puede accederse en un teleférico o también caminando a través   del interior del cementerio que sube desde la Mezquita de Eyüp.

 
Nos sentamos en la terraza del café y allí estuvimos un buen rato con la vista puesta en maravilloso horizonte. Parecía realmente un cuadro.



La bajada si que la hicimos a través de los caminos del curioso cementerio musulmán y una vez abajo visitamos la mezquita de Eyüp.

Este último día regresamos al centro en otro de los múltiples barcos, ensimismados en  la última contemplación apacible y desde otro ángulo que nos llevaríamos en las retinas para mas tarde recordar.

 Nos dirigimos a comer a uno de los restaurante bajo el puente Gálata y pasamos el día con la nostalgia propia de quién se despide de un lugar especial.

Sin duda será un lugar importante para el recuerdo y a ser posible para repetir.

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