domingo, 23 de agosto de 2009

Añoranzas

Quisiera seguir en esa nube irreal que son los viajes a lugares interesantes, pero la realidad se impone y no hay otra forma de regresar al entonces, que no sea través de los recuerdos que forman una parte muy importante de la existencia.
Y hoy, estaba yo dándole vueltas en la cabeza a esas imágenes recientes de nuestro viaje a Perú del mes pasado y me decía a mi misma, Mary Carmen, como fuiste capaz de meterte en semejante embarcación en el Lago Sandoval de la Selva Peruana, lo que, ahora que lo pienso fríamente, me hubiera aterrorizado en cualquier otro momento de mi vida.
Pues si, se trataba de una alargada embarcación de madera, de lo más simple, remada por un lugareño joven, que cada dos por tres trataba de achicar el agua con una gran esponja que llevaba en una mano y que al mirar mis ojos de terror cuando le veía hacer semejante cosa, me tranquilizaba diciendo "no se preocupe, es el sol y el calor que agrietaron un poco el fondo, pero no pasa nada". A mi por supuesto, más me valía creerle, pues el lago y el entorno eran realmente maravillosos y más al amanecer y al atardecer, que era cuando nos llevaban para que pudiéramos contemplar las distintas especies de aves, monos, nutrias. etc., pero no era esa mi preocupación, sino los cocodrilos negros y las pirañas que habitaban las aguas del lago y que se dejaban ver de cuando en cuando para que no ignoraramos su presencia.
Yo, al principio de los paseos, no podía remediar que semejantes inquilinos me preocupasen, pero al rato, me sorprendía a mi misma con una tranquilidad pasmosa, a pesar de que ya era noche en el lago. Sería quizás que la imagen de las estrellas en plena oscuridad, era tan increíble, que no daba lugar para pensar en nada más que en la grandeza del espectáculo.
Por otro lado los paseos con linterna por la selva, a la luz de la luna eran muy interesantes, pues ibas viendo animalillos, tales como ranas, tarantulas y mariposas gigantes, perezosos entre otras especies. Como digo, muy ineresante todo, siempre que los pensamientos no te asaltaran imaginando que las linternas te podían dejar a oscuras y no sabrías ni donde pisar ni a donde te dirigías en plena oscuridad y entre semejante arboleda y semejantes bichitos En fin lo mejor era seguir disfrutando.
Más tarde y ya en el hotel, debajo del mosquitero que cubría la cama y con un fondo de increibles sonidos procedentes de los especiales habitantes pobladores de estos lares, intentaba dormir, no queriendo imaginar que, tal vez, una anaconda, de esa que nos decían que merodeaban por la selva, nos hiciera una visita. Mejor sería hacer un repaso mental de todas estas vivencias alucinantes que jamás se borrarían de mi mente y que ahora de vuelta a la rutina me llenan de añoranzas

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