jueves, 7 de junio de 2018

Uzbekistan


No tenía muy claro lo de visitar Uzbekistán, a pesar de que mi hijo me aseguraba que valía la pena conocerlo, pero debo decir que me ha sorprendido gratamente todo lo que pude descubrir en este país.

Mi marido soñaba con conocer Sarmarkanda, tenía idealizado este lugar y realmente su zona monumental, no nos defraudo, es impresionante.

La República de Uzbekistán es un país situado en Asia Central entre Kazajistán, Afganistán, kirguistán, Tayikistan y Turkmenistán. Es uno de esos países aislados del mar, salvo que se consideren como mares el Caspio y el de Aral. Uzbekistán en 1924 formó parte de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas conocida como la República Socialista Soviética Uzbeka y consiguió su independencia en diciembre de 1991 después de la desmembración de la URSS. Su economía se basa principalmente en el algodón, oro, uranio, potasio y gas natural.

Nada más llegar al aeropuerto de Taskent, su capital, tomamos un taxi hacia nuestro hotel porque eran mas de las 12 de la noche y nuestro cansancio, después de todo el día de vuelos se hacía sentir. Al día siguiente empezaríamos nuestro tour un poco más relajados.

 Para el único sitio que habíamos contratado un guía local fue para la capital, porque a pesar de no ser lo más interesante del país, nos parecía una buena idea recorrerla ya que estábamos allí y ver lo que podía ofrecer, así que a primera hora nos vino a buscar un joven que hablaba bastante bien español. Era un profesor de la universidad que impartía el idioma. Él nos hizo recorrer los lugares más importantes de la ciudad. Nos llevo a recorrer sus mezquitas y madrasas, entre ellas Teleshayakh Mosque, Minor Mosque, Kukeldash Medressa, Amir Temur Square, así como sus mercados y barrios populares. Era bastante obvio que fue una antigua capital soviética, ya que sus monumentos, sus grandes avenidas y su estructura seguía recordando el anterior periodo  de su historia. 

































Al día siguiente tomamos el tren talgo, construído por los españoles, que nos llevaría al primer destino, como ya dije un lugar idealizado por Antonio “Samarkanda”.





No se por qué este nombre "Samarkanda" me resulta tan conocido de alguna película de Indiana Jones, pero lo cierto es que siempre que lo escucho me acuerdo de estas pelis.
Bien, pues tras un agradable recorrido en el tren, llegamos a esta ciudad mágica. Nos alojamos en un hotel colindante con una enorme madrasa lo que hacía que resultase un lugar bastante especial. Nada más llegar y alojarnos decidimos acercarnos al mercado que se encontraba muy cercano. Creo que los mercados son uno de esos lugares que uno no se puede perder en cualquier lugar porque es un modo de identificar las costumbres y los productos con los que se cuenta en el país para su gastronomía.

De camino, atravesamos la gran madrasa que veíamos desde el hotel y allí mismo junto a ella se encontraba el enorme mercado, donde se podía conseguir de casi de todo, frutas, verduras, lácteos, carnes entre otras muchas cosas de uso corriente, como ropa y utensilios, incluso cambio de moneda.













Después anduvimos en sentido contrario hasta llegar al centro de la zona antigua, pues aunque la ciudad era bastante extensa, nosotros nos limitamos a la zona monumental que era la que realmente albergaba todo lo interesante. No demasiado lejos de nuestro hotel se encontraba una de los monumentos más impresionantes de la ciudad de Samarkanda “El Registán”, centro neurálgico de la antigua ruta de la seda, formada por las tres madrasas Ulugbek, Shedor y Tilla - Kari ). Madrasa significa en la cultura árabe “escuela”, sea religiosa o no. En español significa por lo general escuela religiosa islámica. Nos dirigimos en primer lugar al mausoleo de Gur-e-Amir, a unos 500 metros de la plaza del Registan. Allí hay tres tumbas, pero la más fascinante es la de Tarmalan. Es de forma octogonal con una gran cúpula de azulejos de color azul y verde con turquesas y ladrillos de onix que hacen que destaque de forma impresionante. Sus paredes están llenas de inscripciones labradas en el mármol y pintadas sobre jaspe. Un lugar fascinante. 









Abrumados por la belleza de estos lugares nos dirigimos a comer al único restaurante más o menos decente que vimos en el camino y que mi hijo ya había recomendado en su blog Chavetas. El lugar era agradable, con un primer piso todo abierto al exterior a modo de terraza y donde la comida se reducía, como en casi todo Uzbekistan, al Ploff, plato típico de este país, que es arroz con una especie de carne de cordero y a unas brochetas que tenían muy buena pinta, pero que resultaron estar francamente malas, ya que el aceite que se suele emplear para guisar en este país es el aceite de algodón y al no estar nosotros acostumbrados a este tipo de aceite, su olor y su sabor nos desagradaban enormemente y no nos sentaba nada bien. 



 


Después de una siestecita, pues el calor superior a 40 grados nos hacía recluirnos en las horas centrales del día, salimos de nuevo con la intención de contemplar aquellos monumentos increíbles de noche, y como era de esperar tras haber pasado al medio día por allí, al llegar delante del “Registan” sentí algo idescriptible e inexplicable ante tanta belleza. Aquello era realmente impresionante, lo mirases desde el ángulo que lo mirases te fascinaba. 


































































El interior de los edificios del Registán,  como se puede  suponer, era igualmente alucinante. Donde quiera que mirases parecía inverosímil  que la mano del hombre pudiese realizar obras de arte como aquellas que nos rodeaba.








Al día siguiente nos acercamos a la Necropolis Shan-I-Zinda que esta en la colina de Afrasiab, en cuya entrada según parece pone esta inscripción “la puerta del paraíso esta abierta a los creyentes" y se entra en la mezquita Qoussan-Ibn Abbas del año 1460, es de forma rectangular y tiene tres cúpulas con un mismo minarete, como no, revestido de mosaicos azules y una habitación de peregrinos. Al lado de la mezquita se encuentra, de frente la tumba de Qoussan Ibn Abbas, según se cree primo de Mahoma que fue quien trajo el Islam a Samarkanda y murio decapitado; la tumba esta adornada con formas florales. Realmente esta necrópolis no te deja indiferente, ¡es impresionante!.








Un nuevo día en el que atravesamos las montañas hasta llegar a un lugar llamado Shakhrisabz, ciudad donde nació Tamerlán. Allí se encuentran las ruinas de su palacio, la tumba que en principio era destinada para él y que nunca llegó a ocupar ya que como vimos fue enterrado en Samarkanda, también vimos los mausoleos de su familia así como la mezquita Kok Gumbaz, igualmente interesante. Esta ciudad ha sido considerada también patrimonio de la Humanidad, aunque todos estos monumento se encuentran en un entorno super-preparado que combina lo antiguo y lo moderno sin piedad haciendo de ello una mezcla poco afortunada. 









Nuestros días en Samarkanda tocaron a su fin y pusimos rumbo a Bujara. Su centro histórico fue declarado patrimonio de la Humanidad por la Unesco el año 1993. Nada más llegar y tras alojarnos en otro hotel tipo madrasa, nuestro primer paseo nos llevo al centro, a la plaza Lyabi-Hauz, con su lago central, que era el único lugar un poco menos caluroso, por decir algo, ya que las temperaturas al mediodía eran altísimas, pero allí, al menos encontrabas arboleda y terrazas donde poder tomar algo y sentarte a la sombra. Hasta un paraguas tuve que comprar para amortiguar el ardiente sol.

























Poco después encontramos un restaurante bastante acogedor y solitario donde comimos tranquilamente en un ambiente exterior muy agradable.





Pasado el calor del mediodía nos decidimos a conocer esta ciudad mágica y especial, que fue uno de los puntos más importantes de la ruta de la Seda. La palabra fascinante se queda corta para definir el sentimiento que te invade cuando atraviesas sus antiguas calles, que respiran magia en cada piedra. Te hace imaginar lo que debió de ser aquella época fascinante de mercaderes en todo su esplendor. Al iluminarse las madrasas, mezquitas y zocos, etc., tienes la sensación de sucumbir o idealizar un pasado desconocido y te sientes atrapado por la exótica belleza de la ciudad. Lo más importante de Bujará, el llamado complejo de Poi Kalon, que incluye el gran minarete, una madrasa y una mezquita, te dejan sin palabras al atardecer. La paz de su entorno así como los suaves colores que iluminan estos monumentos te hacen flotar en el tiempo.  Mas tarde, de vuelta junto al lago, la música envolvente que sonaba, el gentío innumerable alrededor del mismo y el ambiente exótico te embrujaba inevitablemente.






Otro día más en busca de tesoros alrededor de Bujara, encontramos igualmente majestuosa con sus pilares de madera, a modo de palacio la mezquita de Bolo-Hauz.





 






También el Palacio de verano Sitorai Mohi Hoaa merecía la pena.



Arbol de los deseos




La visita a los bazares de Bujará es obligada y particular


















Tras pasar varios días disfrutando de cada rincón de Bujará tomamos un coche con conductor que tras 8 horas de camino nos conduciría a Jiva. La última ciudad que visitaríamos antes de recorrer las fortalezas del desierto. Jiva, “la ciudad de las mil y una noche” como así se la define y que realmente hace honor a tal nombre, porque quizás sea la mas auténtica de todas ellas.











Contemplarla es como volver atrás en el tiempo Allí nos alojamos en una gran madrasa, situada nada más cruzar la puerta principal de las murallas impresionantes de la ciudad. Estaba flanqueada por el enorme minarete de Kalta Minor. Estábamos solos en ella y daba la sensación de un lugar abandonado por la humanidad. Los desayunos en su gran salón, eran todo un espacio único solo para nosotros.


 


Sus calles, sus olores, su luces nocturnas, la música de algunos locales, todos sus monumentos impactaban en los sentidos como si volvieras a la época de esplendor de esta ciudad. Como no, igualmente reconocida por la Unesco  Patrimonio de la Humanidad en 1990. 

En este país la gente es de religión musulmana, pero sin embargo no se puede escuchar el canto a la oración como en otros lugares, ya que la invasión soviética durante tanto tiempo fue un condicionante para su práctica y es por ello que algunas mezquitas están ocupadas por tiendas de suvenir como si fueran auténticos bazares así como algunas madrasas se han convertido en museos de escaso contenido.

En Jiva existen cantidad de mezquitas, pero una de las más llamativas es la de Juma, que está llena de columnas en su interior y todas están talladas. Es verdaderamente llamativa. Existe también la madrasa de Islam Kodja, cuyo minarete da una vista bastante especial de todo el interior de la ciudad amurallada, pero como había que elegir entre los diferentes monumentos optamos por pasar de tanta escalera, que por lo que se podía apreciar en la gente que salia, suponía bastante sacrificio. 




 














Al atardecer salimos al exterior de la ciudad amurallada. Desde afuera era igualmente impresionante y majestuosa. Estaba atardeciendo y el entorno parecía mágico, sacado del mejor de los cuentos. La rodeamos y en nuestro paseo contemplando aquel atardecer en este especial escenario, pensábamos en la gran fortuna de poder disfrutar de un sitio que podía transportarnos a los tiempos de la ruta de la seda. Se podían comprar las entradas para ver la mayor parte de los monumentos interesantes de Jiva en la puerta principal de Itchan Kala. Jiva realmente me parecio la más auténtica, la que refleja lo que debió de ser antaño una forma de vida.













Por la mañana temprano nos recogió un conductor que nos haría el recorrido por las fortalezas del desierto. Andubimos de una en otra, durante toda la mañana. Hicimos un largo recorrido hasta llegar a la última, donde pasaríamos la noche alojados en una yurta. Algunas de las fortalezas estaban bastante deterioradas, pero aun así podían dar una idea de lo que debió ser un sus tiempos de esplendor. 

























Comimos en la yurta comedor al mediodía. Fue toda una experiencia y no exactamente por la comida. Tras echarnos un poco la siesta para evitar el calor, nos decidimos a subir a la fortaleza que se podía vislumbrar en las alturas. Desde allí había una panorámica excepcional del valle. Realmente las fortalezas se encuentran bastante deterioradas, pero uno puede llegar a suponer la grandeza de lo que fueron hace tantísimo tiempo. Al caer la noche, volvimos a la yurta comerdor, para cenar, ya que pasaríamos la noche en aquel lugar extraño e incalificable. Una experiencia más, claro está, de las muchas que se viven en los viajes. Digo esto porque las alfombras y los tapizados de las yurtas en medio del desierto, no se puede decir que sean el sumun de la limpieza. Todos sabemos que este tipo de tapicerías alberga, además de a nosotros, a algunos inquilinos poco gratos, como pulgas y cosas por el estilo, pero en fin, uno tiene que ir mentalizado para este tipo de cosas, si quiere vivir semejante experiencia.

Si el atardecer era espectacular, la oscuridad de la noche lo era más.Para nuestra sorpresa, al salir de cenar y mirar al cielo, quedamos fascinados.














Hemos observado las estrellas en muchos lugares como por ejemplo en el lago Sandoval en Perú, o en la selva de Borneo, entre otros, pero la bóveda envolvente de estrellas alrededor nuestro era tal, que los pocos que allí nos encontrábamos, quedamos boquiabiertos y estupefactos ante tanta belleza. Aquel paisaje estelar parecía tan próximo a nosotros que resultaba envolvente y embriagador. En fin, es para vivirlo porque una foto jamás daría la idea de lo que sentimos al mirar hacía arriba.



LLego nuestro ´´ultimo día en Uzbekistán y nos dirigimos a un pequeño aeropuerto que nos llevaría de nuevo a Taskent, la capital, desde donde partiríamos de regreso a casa de madrugada. Nos quedaba toda la tarde para comer y volver a recorrer sus avenidas. Decidimos cenar en un restaurante bastante agradable y en apariencia lujoso, de los pocos que se podían encontrar, donde se produjo nuestra última anécdota. Al pedir la cuenta, nos preguntaron de donde éramos e intentaron charlar un poco con nosotros en el inglés macarrónico en el que uno se desenvolvía allí, claro está, el suyo y el nuestro. En fin, el chiste fue que no nos quisieron cobrar la cena y todavía no sabemos muy bien el motivo, si porque éramos españoles o porque les caímos en gracia, el caso es que salimos sin pagar, derechos al aeropuerto todo contentos.

Fin de un viaje singular que valió mucho la pena